Resiliencia, adaptación y la nueva “normalidad”

Resiliencia, adaptación y la nueva “normalidad”

Se define la inteligencia general como la capacidad de adaptarse al medio para sobrevivir o de resolver psicológicamente los problemas y las situaciones difíciles que hacen peligrar nuestra salud emocional. En las actuales circunstancias adversas que estamos viviendo como consecuencia de la pandemia del COVID-19, necesitamos desarrollar nuestra máxima capacidad de afrontamiento para adaptarnos a una nueva “normalidad” (RESILIENCIA). Es de sobra conocido el valor emocional que contiene la canción “Resistiré” y que estamos escuchando muy frecuentemente durante estos días de incertidumbre. Su letra describe perfectamente el anhelo humano por afrontar las vicisitudes de la vida y, la que estamos viviendo, es especialmente inédita. Su impacto emocional en nuestro estado de ánimo es indudable, fortalece la necesidad de aguantar, resistir y seguir adelante.

La resiliencia consiste en afrontar la dificultad sin desfallecer (y si desfallecemos tratamos de recuperarnos) para tratar de alcanzar prontamente la normalidad que disfrutábamos antes de la aparición de la adversidad. Sin embargo, la “normalidad” está cambiando. Durante este tiempo de confinamiento contribuimos de manera prosocial permaneciendo en casa, cumpliendo con las exigencias de preservación de la salud, y de manera tan altruista y generosa quienes están prestando ayuda continuada con denodados esfuerzos a los enfermos (profesionales de la sanidad, Fuerzas y Cuerpos de Seguridad, policías, voluntarios, transportistas, productores, supermercados, cuidadores… y tantas otras personas).

La “normalidad” de quienes estamos confinados en nuestras casas se crea tras las rutinas practicadas en la familia día a día, de tal modo que uno se adapta a ellas y se convierten en hábitos. Sin embargo, existen momentos de debilidad psicológica (por otra parte propia de nuestra condición humana por temor a las peores previsiones) en las que nos invaden sentimientos y estados de ánimo de desazón, incertidumbre, temor, miedo, ansiedad… Es en esos momentos cuando nuestra inteligencia adaptativa debe ponerse en activo mediante el control y manejo consciente y voluntario de nuestra atención. En esos momentos de preocupación, la atención suele focalizarse en “… que pasará”. Si le dedicamos cierto tiempo a “rumiar” sobre la preocupación, anticipar consecuencias nefastas para la salud nuestra y de nuestra familia, aumentará nuestra zozobra y desasosiego.

Tratemos de no permitir que esos pensamientos anticipatorios ansiógenos  duren o permanezcan en nuestra mente más allá de escasos segundos. Practiquemos la técnica de la DETENCIÓN DEL PENSAMIENTO (ALTO, FUERA…. En el momento de que nos demos cuenta que estamos “rumiando” (y eso debe ocurrir nada más aparezca el pensamiento negativo en la mente, la preocupación) y dirijamos la atención hacia alguna actividad distractora (hacer algo, cantar, jugar con nuestros hijos, leer, etc.). Cualquier cambio de atención, alejando la rumia, es beneficioso. La finalidad es no dimensionar ni anticipar lo que consideremos amenazante. Repitamos la secuencia tantas veces como aparezcan pensamientos negativos. Con la repetición se crea el hábito de “cortar” lo que no nos interesa emocionalmente pensar. El problema no desaparece, pero se instauran recursos para manejar voluntariamente el foco al que NO queremos prestar atención.

Los estados emocionales de preocupación, de ansiedad, de inquietud, de miedo… son afrontados por las personas de distinta manera. Cada uno utiliza las estrategias de afrontamiento emocional ante la adversidad según sus creencias, su experiencia, sus aprendizajes, sus esquemas y valores. Hay quien trata de reinterpretar los problemas desde otro punto de vista, hay quien busca consuelo en los demás, hay quien acude a sus creencias religiosas, hay quien llora y libera su tristeza, hay quien…. Las estrategias de afrontamiento ante la adversidad son numerosísimas y debemos emplearlas para autogenerarnos, por lo menos, sosiego, serenidad y cierta tranquilidad y calma.

Además de la resiliencia personal existe una resiliencia familiar. La unión de toda la familia compartiendo los mismos valores, actitudes y afrontamiento ante la dificultad. También existe una resiliencia comunitaria cuando todos colaboramos en una misma dirección para afrontar los problemas.

Todas aquellas personas que con su ejercicio profesional en los distintos niveles de prestación de servicios están ayudando a nuestros enfermos están sufriendo un nivel de estrés muy elevado. Los estresores (falta de recursos, agotamiento físico y psicológico, temor al contagio, imposibilidad de estar con la familia…) son magnos e inéditos. Tratar de rebajar el nivel de activación psicofisiológica que ello conlleva exige un sobreesfuerzo de todas estas personas (añadido al propiamente profesional). Los aplausos diarios de la población como reconocimiento a su labor es un refuerzo positivo que estimula su resiliencia. Es para ellas el apoyo social percibido que debemos dar con nuestro aplauso y reconocimiento público.

Tratemos de afrontar psicológicamente la adversidad con nuestra capacidad de adaptarnos a las nuevas circunstancias con la ayuda de la familia, de todos y de nuestras fortalezas personales que nos permiten ser inteligentes.

Que la salud física y psicológica nos persiga y nos dejemos atrapar por ella.

 

Autor: Antonio Vallés.



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